Capítulo 2: Al borde del precipicio

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El resplandor de las velas dieron luz a tres pares de ojos ávidos de vida. Claudia, Julia y Diana contuvieron un grito de terror que se vio cortado por unos golpes.

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Asustadas miraron a su alrededor en busca de su origen sin encontrar la respuesta.

-Claudia, tía, esto empieza a acojonarme-comento Julia temblando.

-Yo…no-contestó titubeando-, no tengo nada que ver.

Sin poder creer lo que estaba pasando, Claudia se separó de sus amigas. Le parecía que uno de los esqueletos había movido una mano, pero aquella idea no podía ser posible. ¿Qué estaba pasando allí?

Desde pequeña, su abuela, le había contado historias en las que habían espíritus errantes. Le había dicho algunos de ellos vivían en el desván, donde estaban encarcelados sedientos de venganza. Para que nadie pudiera liberarlos sus antepasadas habían anudado su existencia a algunos objetos secretos que nunca habían revelado. Está claro que jamás creyó en aquellas historias, siempre había pensado que todos aquellos cuentos servían para que no fisgara en el desván. Estaba segura de que su abuela se había inventado aquellas historias para impedir que se hiciera daño pero ¿y si todo aquello no era mentira? Ella había sacado todo aquello de allí arriba. Las velas, el conjuro, la ropa…¿qué pasaba si lo que su abuela le contaba era cierto?

Sumergida en sus pensamientos, no reparó en que una de sus amigas había dejado de lado el miedo para acercarse de nuevo a la mesa.

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-¡Venga ya! Te lo has currado muchísimo-dijo Diana cogiendo el esqueleto vestido de mujer-¿cómo has hecho para que le brillen los ojos?

Junto al movimiento del brazo todas las velas que del comedor se encendieron dando luz a la sala mientras que la vajilla tintineaba con tanta intensidad que las copas volaron en mil pedazos.

Sobresaltadas, las tres amigas corrieron hacia la salida pero, antes de llegar, la puerta se cerró.

-Claudia, esto no tiene gracia-gritó histérica Diana mientras tiraba con Julia para abrir la puerta.

-¡Yo no he planeado esto!-gritó desesperada la anfitriona.

-¿Qué coño quieres decir?-exclamó Julia desesperada.

En ese momento, en esqueleto que estaba de espaldas a la puerta giro su huesudo cuerpo clavando sus ojos en ellas.

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-Se ha movido-gritó histérica Diana.

Aterrorizada por el recuerdo de todas las historias que su abuela le había contado, Claudia cogió uno de los candelabros y lo lanzó contra la cristalera.

En ese momento, no le importó que su abuelo las hubiera pintado a mano, ni tan siquiera que esa cristalera fuera el regalo de boda que le hizo a su abuela, solo necesitaba salir de allí. Pero el candelabro rebotó haciendo que las velas prendieran una alfombra cercana.

Intentaron sofocar el fuego con los cojines del sofá, pero el ambiente de la estancia se volvió irrespirable. El fuego se propagaba deprisa. Y los pulmones de las tres amigas se llenaron de humo, robándoles poco a poco la respiración.

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Llorando se abrazaron a esperar la muerte en un rincón. Por sus mentes, pasaron todas aquellas cosas que habían decidido dejar para otro momento y que les habían impedido disfrutar de la vida. Claudia pensó en sus hijos, en que no los vería crecer. Imaginó como sería una vida sin ella, sin sus riñas, sin el beso de buenas noches. Los imaginó tristes, desamparados, intentando llenar el vacío que ella dejaba con las drogas o el alcohol y el nudo de impotencia que se formó en su garganta fue tan potente, que le hizo gritar como nunca desgarrando sus entrañas con un mensaje que jamás había oído.

-¡PARAD MALDITOS HIJOS DE SATÁN!¡Parad o la ira de estas tres brujas os perseguirá eternamente!

Antes de acabar aquellas palabras todo volvió a la normalidad. Al volver la electricidad a la casa no encontraron rastro del fuego ni el humo, y todo estaba tranquilo como antes de brindar.

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-¿Qué ha pasado?-preguntó Julia aún sentada en el suelo.

-No lo sé pero debemos de buscar respuestas-contestó Claudia pensativa.

-Pero, ¿qué ha pasado?¿Es real?-interrogó Diana incrédula.

-Creo que os tengo que contar una historia-.Afirmó Claudia convencida-. Creo que tenemos mucho que averiguar.

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