Carta 3

Memorias de un asesino 0 Comentarios

A quien haya por ahí:

Hace mucho tiempo que no escribo, no han sido por falta de ganas, sino porque estos cerdos me han tenido en aislamiento más días de los que merecía.

La culpa fue de un energúmeno que me tocó las pelotas. Después de mi última carta baje a cenar y el muy nenas, porque no tiene otro nombre, se le ocurrió que podía reírse de mí y le di una paliza. Según me contó la directora del penal, de forma muy poco amable tengo que decirlo, tiene rota la mandíbula y tres costillas. Pero si es que al muy mamón no se le ocurrió otra cosa que joderme la comida ¿Nadie le dijo que con la comida no se juega? En fin, por aquí la inteligencia no es que sobre pero me tengo que apañar con lo que tengo a mi alrededor.

Como os estaba contando en la carta anterior mi amiga la tarada, por no decir la loca de remate, me suplicó que nos coláramos en el bar en el que estaba trabajando.

Recuerdo que era un martes y que toda su afición era que yo me la follara en la cocina. Mientras nos colábamos, tuve que reñirle un par de veces, estaba haciendo un ruido de mil demonios y mis jefes vivían en el piso que había encima del local. Bueno, después de bebernos una botella de tequila, comenzamos a enrollarnos en la cocina y a la señora se le ocurrió pedir que la amenazara con un cuchillo entre palo y palo. Creerme cuando os digo que mezclar un cuchillo, alcohol y yo en la misma habitación no suele ser buena idea. Pero la loca esta se empeñó y, siendo sincero, ¿cómo iba a negarme?

Resumiendo que se me fue la cabeza, y mira que yo lo veía venir, pero es que la muy loca dice que estaba gozando como nunca en su vida.
Sí, como en su vida…pero cuando le di la primera puñalada bien que grito. Lo hice mientras le penetraba y ella como loca me pedía más. Locura transitoria alegó mi abogado en el juicio, sí claro, como si yo no supiera lo que hago. Bueno después de darle diecinueve estocadas más escuché como mi jefe me gritaba que parara.

Él muy pervertido había estado mirando como nos lo estábamos montando y ahora quería que parara. La solté enfadado dispuesto a explicarle cuatro cosas mientras el se abalanzaba sobre mí. Pues si os digo la verdad, no me lo pensé, lo trinche como a un pavo el día de navidad y me senté a mirar como se desangraba. El hijo de puta se había estado comiendo mi sudor durante todo aquel tiempo, se lo merecía.

Al escuchar las primeras sirenas de la policía, salí del local por la puerta de atrás. Corrí hasta que los pulmones casi me explotaron y, sin mirar atrás, me marché de aquel pueblo en busca de una vida mejor.

Bueno hasta aquí este episodio de mi vida, otro día os contaré otro y veréis como no el malo no es tan malo, ni el bueno es el mejor.

Hasta pronto.
Alberto

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