Carta 2

Memorias de un asesino 0 Comentarios

 A quien le pueda interesar:

Después de la traumática muerte de Carolina, a quien encontraron en un callejón. Decidí que era el momento de cambiar de aires. Abandoné mi ciudad natal y puse rumbo a Tenerife. El mar, la costa, el buen ambiente y la gente nueva era lo que me hacía falta para olvidar todo lo que había pasado.

Nada más llegar a la isla encontré trabajo en un bar de la costa donde me acogieron como si fuera un hijo. No podía quejarme mi jefa era un verdadero amor, ese tipo de mujer que es entrañable, y mi jefe, su novio, era el hombre más divertido que he conocido jamás. Poco a poco fuimos entablando amistad. Ellos estaban encantados conmigo, no era para menos me pagaban menos que a un esclavo, y yo superé la muerte de Carolina. Al fin y al cabo, era buena chica y le había cogido mucho cariño. Me quedé muy tocado con su muerte.

La verdad es que recuerdo con cariño aquella época, trabajaba como un condenado por un sueldo de mierda y cuando salía de trabajar me lo pasaba como dios. Nunca me faltaba un ligue al que echarle el lazo, eso sí todas ellas unas zorras que en realidad no merecían vivir. Pero juro que me comporté, jamás les hice nada que ellas no quisieran hacer. Recuerdo que había una, no me preguntes que no recuerdo su nombre, que era una maldita tarada. Eh, y hablo totalmente en serio. Era una tía… ¿Cómo decirlo sin que suene pedante? Bueno solo os diré que decir que estaba buena es quedarme corto. Oye, y estaba loca por mí. Sí, sí como tal cual, sin exagerar. Aunque a mí, para ser sincero, no acaba de gustarme mucho, ya os he dicho que era una loca, pero tenía un culo y unas tetas que merecían que hiciera un esfuerzo y me la follara.

En fin, a lo que iba que me lio, a la tía esta le molaba ponerse hasta los ojos de todo y cuando os digo de todo es de todo como suena. Yo, por supuesto, más allá de un par de cervezas no solía tomarme, que al día siguiente tenía que trabajar. No sé si os lo he dicho, pero el cabrón de mi jefe me tenía como si fuera su esclavo. Bueno, pues eso, lo que os contaba, cuando la tía estaba en su propio mundo era cuando me suplicaba. Y a mí eso me volvía loco, es que en esos momentos tenía todo el control. ¿Sabéis el gusto que da eso? Ella normalmente solía pedirme que le pegara. Al principio empecé dándole cachetes o simples tortazos pero un día se me fue la mano y le di una paliza. Tengo que reconocer que cuando me di cuenta de lo que había pasado me sentí fatal. Había pegado a una mujer, era un cerdo. Pero cuando ella me pidió que lo repitiera se me fueron todos recelos que tenía con ese tema. A ella le gustaba y yo disfrutaba viéndola sufrir.

Una noche quisimos ir más allá. A decir verdad la idea fue suya, me pidió que nos coláramos en el bar que yo trabajaba para tener uno de nuestros encuentros. Aunque al principio me costó un poco aceptarlo, no quería aprovecharme de la confianza de mis jefes, al final cedí. Os puedo asegurar que es la peor decisión que he tomado en mi vida.

Es la hora de la cena, tengo que dejaros. Os confieso que al recordar los platos que hacía mi jefa me ha entrado hambre. No me queda otra que conformarme con la bazofia que sirven aquí…pero bueno no voy a morir de hambre ¿verdad?

Hasta pronto.

Alberto

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *