Carta 1

Memorias de un asesino 0 Comentarios

A quien me quiera leer:
Desde que me descubrieron, el único pasatiempo medio aceptable que encuentro es redactar unas líneas. Debo confesar que comencé escribiendo un diario en el que plasmaba mi rutina día tras día ente estas cuatro paredes. Pero aquí es todo tan monótono que me aburre incluso escribirlo.
Dándole vueltas a la cabeza decidí que era hora de contar mi verdad. Estoy un poco cansado de que todo el mundo me tome por loco y que nadie me comprenda. Soy consciente de que cargar con varios casos de asesinato hace que la sociedad me tenga por lo que me toma y que nadie se pare a conocerme un poco mejor. Sin embargo, os puedo asegurar que soy una persona normal. Sí, sí, lo que te digo. Tan normal como puedes ser tu, tu pareja, tu hijo o tal vez tu vecino. ¿No me crees? Pues si me prestas atención durante unos minutos te cuento mi historia, tal vez así comprendas porque hice lo que hice.
Mi primera víctima se llamaba Carolina, era una profesora de primaria un par de años más joven que yo. Recuerdo el día que la conocí como si de ahora mismo se tratara. Había llegado a la ciudad para dar clases en el colegio de mi barrio estaba tan llena de vida, era tan simpática que me conquistó en un segundo.
Por aquel entonces yo andaba un poco pelado de pasta, así que decidí alquilar una de las habitaciones que tenía libre en mi piso. Y he de reconocer que tuve bastante éxito ya que en apenas dos días contacte con cinco personas que estaban interesados en mi oferta. Después de hablar con ellos por skype me decidí por aquella chica y nada más conocerla supe que había hecho bien.
Al principio la convivencia fue prácticamente idílica, nos entendíamos bien y lo hacíamos prácticamente todo juntos. Como ella era nueva en la ciudad, no dude en presentarle a mi círculo más cercano e incluso le pedí a mis amigos que le acogieran en el grupo. Pero para ser sincero, nada más abrir la boca ella se los gano. Y es que creerme cuando os digo que todo en ella era simpatía y frescura, vamos un amor.
Pero poco a poco tanta amabilidad y tanto por favor me fue cansando. Me tenía un poquito harto con ese acentito suyo (es que era de Granada) y su capacidad de tener respuesta para todo. ¿Qué coño le pasaba a esa tía? ¿No podía tomarse nada en serio?
Y encima comía más lechuga que un grillo, ves eso es otra cosa que me tenía cansado. Carolina estaba obsesionada con la comida equilibrada, con el deporte y, lo peor de todo, esperaba que yo adoptara sus hábitos. Era peor que una novia y eso que solo era mi compañera de piso, no me la quería imaginar como pareja. Enfermo, me pongo enfermo de solo recordarlo…
Resumiendo, aproveché que yo solía cocinar para ir añadiendo unas gotas de laxante en cada una de sus ensaladas. Para que no se notara el sabor empecé a buscar aliños que lo disimularán y que estuvieran de moda. Después de varias semanas añadiendo mi toque especial en su comida, lo único que conseguí es que se pusiera enferma. Así que me tocó cuidarla.
En el fondo me daba un poco de pena verla sola en el hospital, su familia estaba lejos y, la verdad, es que hacía mala cara. Así que cuando mejoró y, por fin, cuando nos vinimos a casa, me prometí que me obligaría a ser un poco más tolerante con Carolina. Y la verdad es que lo conseguí, volvimos a recuperar aquella amistad de los primeros días e incluso hubo un momento en que me planteé intentar algo más con aquella preciosa chica.
Me acuerdo que aquellos días estaba feliz, me sentía pleno pero la vida es injusta y quiso que todo aquello se fuera al garete. Un día, al volver del trabajo, me encontré a Carolina tumbada en el sofá, tapada hasta el cuello.
-¿Qué te pasa, Carol?
-Me encuentro fatal-contestó con voz nasal-creo que tengo fiebre.
Y, en efecto, mi pobre compañera había cogido un gripazo de esos que hacen historia. La cuidé todo lo que pude pero el virus no parecía remitir por lo que a los dos días continuaba igual o peor y encima impertinente. Que si tráeme el agua, que si me molesta la tele, que si dame mi medicación y aquello por mucho que yo intentara serenarme, me estaba tocando los huevos. Hasta que al tercer día llegué a mi límite y ya no lo pude evitar.
Recuerdo que estaba pelando patatas cuando de pronto escuche su irritante voz.
-Alberto, ¿Puedes traerme una pastilla? La cabeza me está matando.
-Si, espera un momento-contesté mientras respiraba hondo.
Pero no, no pudo esperar, y antes de que acabara de pelar la patata ella insistió.
-Alberto, ¡tráeme la pastilla!
Fue justo en ese momento cuando a mí se me fue la cabeza. Sin pensarlo di media vuelta y comencé a caminar hasta llegar al salón. Allí estaba ella, tumbada en el sofá haciendo zapping. Sin decir ni una palabra me abalance sobre ella y le asesté por lo menos diez puñaladas. Cuando al fin calmé mi ira la mire y le dije:
-¿Ya se te pasó el dolor?
Está claro que no me contestó la pregunta, a ver si os creéis que estoy loco. En la próxima carta os cuento como siguió la historia, creerme cuando os digo que no tiene nada de especial, solo es un mero trámite.

Me despido hasta entonces,

Alberto

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