Capítulo 3: Sin dejar rastro

María, la sirvienta 0 Comentarios

Como cada mañana antes de levantar a su señora, María ensayaba un rato su lectura en la cocina.

-Que historia más bonita, chiquilla-suspiró Elvira mientras pelaba patatas.

-Ojala fuera esas cosas que nos lees verdad-apoyó Doña Virtudes.

María sonrió ante los comentarios de sus compañeras y siguió leyendo durante un rato más, llevaba varios meses practicando la lectura y había mejorado considerablemente. Su señora había resultado ser una gran maestra a pesar de su ceguera, la escucha pacientemente y le corregía con cariño cuando se equivocaba.

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Aunque María se había esforzado mucho en su propósito aún no conseguía llegar a la perfección que le pedía. Ante la curiosidad que le había generado la promesa de su señora, intentó averiguar qué era lo que había pasado. Pero por mucho que insinuó o dejó caer el tema no consiguió enterarse de nada. Desde entonces su cabeza no dejaba de dar vueltas a lo que la condesita, su señora Magdalena, le había dicho ¿Sería cierto que la habían querido matar? ¿Entonces estaba en peligro?

Un vez terminó la lectura que le tocaba ese día. Decidió que la mañana era perfecta para salir a pasear por el jardín. Estaban a finales de mayo y, aunque en Salamanca los veranos eran calurosos, la temperatura en primavera era de lo más agradable. Con este propósito salió de la cocina dirección a la habitación de su señora.

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Antes de entrar en la dependencia le llamó la atención que la puerta no estaba cerrada del todo. Ella estaba segura de haberla cerrado la noche anterior. No obstante, pensó que quizás Don Fernando se había acercado a ver a la joven así que no le dió demasiada importancia. Al fin y al cabo la conocía desde niña y le constaba que le tenía aprecio.

Antes de entrar, María cuadró lo hombros y dibujo su mejor sonrisa. Desde hacía tiempo había observado que Doña Magdalena era capaz de intuir su estado de animo por la voz. Así que decidió que bastante desgracia tenía con su ceguera como para que se preocupase por ella.

No obstante, al abrir la puerta su sonrisa se heló en sus labios. Sus ojos descubrieron la escena más escalofriante que jamás se pudiera suceder. Ante ella estaba su señora tumbada en la cama totalmente desnuda, atada y amordazada. Su pelo negro cubría la almohada dando la sensación de un mar de mal en el que la desgracia navegaba como en su propio hogar. Pero lo que más le impactó a María, sin duda, fue el puñal que su señora tenía en medio del pecho. El mismo que aún bailaba con la respiración de la joven condesa. Petrificada ante aquella visión, María, clavo sus ojos en el reguero de sangre que emanaba del pecho de su señora y empapaba las sábanas. Es curioso como cuando estás en estado deshock eres capaz de percibir los detalles más siniestros como algo maravilloso.

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Un grito amortiguado le hizo reaccionar. En ese momento, corrió junto a su joven señora con la esperanza de poder ayudarla. Seguía con vida y esperaba que se pudiera salvar.

Lo único que pensó fue en taponar la herida, era necesario que dejara de perder sangre para poder vivir. Sin pensarlo dos veces comenzó a hacer girones con las sábanas y en un torpe intento de tapar la herida colocó los trapos alrededor del puñal. Poco a poco las lágrimas fueron colmando sus ojos hasta que le impidieron ver con claridad. Entonces en ese momento, tanteó la pared en busca del cordón con el que su señora daba aviso.

Antes de llegar a alcanzarlo, notó un gran golpe que la llevó al suelo. La habitación estaba en penumbra pero aún así consiguió ver las botas de su agresor. Mientras intentaba ponerse en pie un segundo golpe le arrebató la consciencia.

El agresor no perdió ni un segundo en comprobar si había matado a la sirvienta, total una vida como la suya no valía nada, y huyó de la estancia sin dejar rastro.

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