Capítulo 2: Olor de la miseria

María, la sirvienta 0 Comentarios

María siguió a Don Fernando a través de las escaleras de servicio, él le iba contando cuáles eran sus funciones, como debía comportarse en presencia de los condes y las reglas que debía respetar para conservar su trabajo. Cuando llegaron al segundo piso, el viejo mayordomo se paró frente a la puerta que daba acceso a las dependencias de sus señores. Por un segundo miró a María como si dudara de algo, pero antes de que ella pudiera devolverle la mirada enmascaró sus ojos en ese negro distante que lo caracterizaba.

-Quizás no debería decirte esto muchacha-dijo envarando su cuerpo-, pero ten mucho cuidado.

Al oír su advertencia, María levantó su mirada. ¿Por qué todo el mundo le advertía sobre su nueva señora? ¿Qué habría de malo en ella?

-Gracias por el consejo, lo tendré en cuenta.

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Sin devolverle la palabra Don Fernando abrió la puerta y le indicó con un gesto que pasara primero. María quedó sorprendida con lo que sus ojos descubrieron al traspasar aquel umbral, parecía que sin previo aviso había cambiado de mundo. Estaban en un pasillo enorme donde las paredes estaban arropadas por tapices y las lámparas de arañas brillaban teñidas por la luz del sol que entraba por los ventanales. Antes de continuar su camino, Don Fernando le explicó cómo debía distinguir la puerta, ya que estaba oculta por un fresco en la pared. No cabía duda de que los Condes de Vallesol tenían mucho dinero, en aquella estancia no faltaba ningún detalle.

Caminaron por el pasillo mientras ella miraba de reojo el jardín al que daban los ventanales, por un momento deseó que la nieve que ahora lo cubría se fundiera de repente y que en el brotaran millones de flores que lo adornaran.

Al llegar a la habitación de su señora, Don Fernando tiró de una de las hojas de roble que pesada les cedió el paso. El olor que salió de la estancia le abofeteó con fuerza haciendo que todo lo que tenía a su alrededor perdiera la belleza con la que se había maravillado.

-Pero…

-La señora no permite que nadie se acerque a ella desde cayó en desgracia-contestó Don Fernando como quien confiesa un crimen.

-¿Cómo? ¿Cuánto tiempo lleva la señora en este estado?-preguntó en un susurro la muchacha.

-No sabría decirle con seguridad, los días pasan y no llevamos la cuenta. Lo que sí puedo asegurarle es que una vez a la semana se le obliga a bañarse y aseamos la alcoba.

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Durante unos minutos María miró al hombre con desprecio, ¿cómo podían tener a la joven condesa en esas condiciones?

Sin pensárselo dos veces la muchacha llenó de aires los pulmones y se dispuso a entrar en la habitación. A tientas llegó hasta las ventanas, donde necesitó un gran esfuerzo para retirar las cortinas. El panorama que se descubrió a su alrededor fue desolador. En la habitación no había nada en su sitio, la comida se estaba pudriendo entre las heces y la ropa que había en el suelo. Antes de quedarse sin aire en los pulmones, María abrió la ventana que tenía al lado haciendo un gran ruido. De las sábanas revueltas apareció una muchacha que más que una joven parecía una abominación. Llevaba el pelo sucio y cortado a mechones irregulares. Su ropa estaba rasgada y debajo de la mugre de su rostro se podía distinguir moratones.

«Pobre criatura» pensó María con pena. Pero antes de que acabara su pensamiento la joven condesa se puso a gritar como un animal. Estaba fuera de sí y aunque no sabía muy bien dónde dirigirse, tanteaba a su alrededor en busca de algo para lanzarlo.

-¿Quién eres? ¿Quién hay ahí? Se lo que quieres maldito bastardo, pero juro que conmigo no podrás.

María la miro sorprendida, ahora entendía que le dejaran desatendida, por lo que veía la joven tenía un carácter bastante fuerte. Miró a la puerta y Don Fernando había desaparecido. No supo muy bien porque pero no le sorprendió parecía que habían dejado a aquella muchacha abandonada como si fuera un animal. Al pensarlo María comprendió perfectamente cómo se podía sentir la joven, no solo se había quedado sin la vista sino que además nadie se acercaba a ella. Observó por un momento a la joven condesa lanzar objetos contra la nada. Con un suspiro, María pensó que no iba a tenerlo nada fácil pero aún así ella no se amilano. Intentando hacer el menor ruido posible se acercó a su nueva señora y le quitó el cojín que llevaba en las manos.

-Disculpe, señorita, no creo que con un cojín de plumas pueda usted hacerme mucho daño.

-¿Quién eres zorra? ¿Vienes a matarme? Porque juro que como te acerques te estrangularé con mis propias manos.

-Mi nombre es María, señorita y estoy encantada de conocerla-contestó omitiendo su amenaza.

-Tu nombre es zorra y que sepas que no eres nada. ¡Vete de aquí!-gritó la joven condesa fuera de sí.

María la ignoró mientras abría las ventabas, aquello estaba hecho un asco y desde luego no pensaba dejar que se quedara así por mucho tiempo. Antes de ponerse a recoger, pidió que le subieran todo lo necesario para poder limpiar la estancia. Era una suerte poder contar con una campanilla para avisar a sus compañeros.

Con el paso de los días la joven condesa se fue acostumbrando a que ella estuviera en la habitación. Lo notó porque su señora, aunque seguía llamándole zorra en vez de por su nombre, ya no temblaba cuando le oía ni gritaba tan fuerte como al principio. Como no podía ser de otra forma la joven condesa no le permitía acercarse a ella, ni tan siquiera le dejaba darle de comer. María intentando demostrar toda  su amabilidad, le explicó que era un honor poder ayudarle con sus tareas más personales. Pero la joven no cedió.

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Al final de la segunda semana la joven condesa decidió dejarse ayudar, seguía hablándole como si fuera un enemigo pero se notaba que comenzaba a tenerle confianza. Un día, meses después de que entrara a su servicio, mientras le estaba dando la comida la joven condesa decidió rendirse ante aquella muchacha que tanto la estaba cuidando.

-María, ¿tú me leerías un libro?-preguntó tímidamente.

-Señorita, yo leo muy mal y muy lentamente. ¿Quiere que le pida alguien que sepa mejor para que le entretenga?

Ante el apuro que la joven condesa escuchó en su voz no pudo evitar reírse. Hacía tanto que no se reía que casi se había olvidad de ello.

-No, María. Tienes que ser tú. Hagamos un trato, el día que tú seas capaz de leer del tirón te cuento porque quisieron matarme.

La joven abrió la boca tanto que pensó que se le caería en algún momento. ¿Le habían intentado matar?¿Ella sabía quién? Aquello no podía ser cierto ella era la hija de uno de los hombres más ricos de España. Si lo que ella estaba diciendo era verdad, seguro que ya habría volado algún alma al otro mundo sin previo aviso. Antes de ni siquiera poder reaccionar su señora la interrumpió de nuevo.

-Venga, muchacha. Date aire que tengo hambre.

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