Capítulo 3: Llamada urgente

Conociendo a Hugo 0 Comentarios

Después de aquel sábado, Oliver, no pudo dejar de pensar en ella y, aunque hubiera querido, su hijo no lo hubiera permitido. El niño que llevaba unos días pachucho le preguntaba constantemente por ella, la llamaba con su móvil de juguete y, para colmo, cuando aquel día le contó el cuento de los tres cerditos le dijo que él no sabía contarlo.

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-Pero, Hugo, el cuento es como te lo está contado papá-observó con paciencia.

-No, no es así-contestó obstinado el niño.

-¿Cómo que no es así?

-No, el dobo es bueno y no malo-señaló el niño con su media lengua.

-El lobo, Hugo, repite.

-El dobo.

-lo lo lo lobo

-dobo bueno-insistió el niño enfadado.

Oliver le acarició la cabeza con cariño, desde luego su pequeño era un cabezón.

-¿Quién te ha dicho que el lobo es bueno? ¿La abuela?-dijo cediendo.

-Elsa. Es guapa, ¿cuándo viene?

Vaya por dios ya estaba allí otra vez ella. Había calado bien en el chiquillo. Tocó de nuevo la frente del niño al darse cuenta de que estaba muy caliente. Alarmado, lo cogió en brazos y salió en busca del termómetro. Se maldijo por no darse cuenta cuando vio que marcaba 37ºC.

niño con fiebre

Se vistió con lo primero que encontró por el camino, cogió las llaves del coche y se llevó al niño al médico. Las horas que pasaron en urgencias solo sirvieron para aumentar la fiebre de la criatura. Quién molesto porque se encontraba mal comenzó a llorar pidiendo ver a Elsa. Desesperado por ver como estaba el niño, Oliver, decidió llamarla por teléfono para que el niño oyera su voz esperando que se tranquilizara.

-¿Sí?

-Hola, ¿Elsa? Soy Oliver.

-¡Ah! Hola Oliver, disculpa no tengo apuntado tu número ¿Necesitas algo?

-Sí, bueno, verás es que estoy en el hospital con Hugo.

-¿Con Hugo? ¿Qué le pasa?-Cortó ella asustada.

-No lo sé, tiene fiebre y no deja de preguntar por ti ¿Puedes hablar con él y calmarle?-aquella pregunta fue casi un ruego.

-Sí, claro. Pásamelo.

Oliver colocó el teléfono en la oreja del niño quien lo sujetó torpemente. Mientras le oía lloriquear, rezó porque les atendieran pronto. Sabía que las urgencias estaban saturadas con normalidad pero lo de aquel día rozaba lo imposible. Cuando con una sonrisa cansada el niño le devolvió el teléfono, supo que aquella mujer se acababa de ganar su corazón. Además de guapa, responsable y cariñosa, quería a su hijo. Eso era más de lo que él se merecía. Cogió el teléfono para despedirse agradecido.

-Elsa, muchas gracias.

-¿En qué hospital estáis?-preguntó ella sorprendiéndolo.

-En la Fe, llevamos horas esperando-contestó él afligido.

-Vale, ahora nos vemos.

-Pero…

-Oliver, no me digas que no. Tardo media hora. Ahora te veo.

Le cortó la llamada sin darle opción a réplica. Oliver, guardó su teléfono en el bolsillo y abrazo con fuerza a su hijo notando que estaba cada vez más caliente.

-¡Mierda de sanidad!-refunfuño por lo bajo.

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Al otro lado de la ciudad, Elsa, entraba de nuevo en el restaurante donde iba a cenar con sus amigos. Como todos los viernes solían reunirse en aquel local para luego salir de fiesta. Sin dar muchas explicaciones se despidió de todos mientras recogía sus bolsos y volvió a salir a la calle. Escuchar a Hugo en aquel estado hizo que se diera cuenta de que lo que estaba haciendo en aquel lugar era perder el tiempo pero lo que no esperaba es que Gabriel saliera detrás de ella para pedirle explicaciones.

Cuando le explicó lo que pasaba, él no tuvo la atención de mostrar un poco de compasión con aquel niño. Al revés, arremetió contra ella echándole en cara que prefería irse con aquellos dos desconocidos antes de quedarse con él. Ella envalentonada por la ironía de la situación le replicó que aquellos dos desconocidos, como él los llamaban, le habían mostrado mucho más cariño y respeto de lo que él, su supuesto novio, lo había hecho en años. Cabreado Gabriel volvió dentro del local si dirigirle la palabra. A ella, después de aquel circo, no le quedó más remedio que parar un taxi que la llevará al hospital donde la esperaban.

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Al entrar en la sala ella llevaba los ojos hinchados por el llanto. Encontró a Oliver sentado en una de las sillas con la mirada perdida y abrazado a Hugo como si fueran a quitárselo. El niño se había quedado medio dormido, supuso que era a causa de la fiebre.

-Hola ¿cómo está?-preguntó en voz baja para no despertar a Hugo.

-Hola, sigue igual-dijo el mirándole a los ojos-¿Va todo bien?

Antes de contestar, ella desvió su mirada. Sabía que se le notaba que había llorado pero no quiso contarle la verdad.

-Sí, perfecto ¿Me dejas cogerlo?

-¿Seguro?-insistió de nuevo.

-¿Me dejas, por favor?-contestó mirando al niño.

-Claro-dijo mientras se lo daba.

Al abrir los ojos, Hugo, aún medio dormido por la fiebre le regalo un gran abrazo a Elsa. A pesar de encontrarse fatal comenzó a relatar que su padre no sabía el cuento de los tres cerditos. Contenta por ver que él niño estaba mejor de lo que esperaba en un primer momento, Elsa, le contó su peculiar versión del cuento. En su historia el lobo era bueno y no quería comerse a los lobos, solo quería asustarlos. Oliver escuchó con atención mientras los observaba. Le pareció que ella era realmente increíble, un regalo que apareció en la puerta de su casa una semana antes y que no debía desperdiciar.

Cuando por fin les atendieron, no tardaron en darle la medicación oportuna para bajar la fiebre del niño. Según le comentó el médico, el niño sufría anginas y por eso tenía tanta fiebre. Salieron del hospital seis horas después de que padre e hijo llegarán. Elsa llevaba en brazos a Hugo, que exhausto se había dormido y a Oliver no se le pasó por la cabeza la opción de que no se fuera con ellos a casa.

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Al parar frente a la farmacia que encontraron de guardia, Oliver, saco la cartera para darle dinero y así poderse quedar el aparcado en doble fila. Cuando ella fue a recoger el billete que él le tendía se sorprendió al ver que le cogía de la mano mientras le dijo mirándole a los ojos.

-Muchas gracias por todo.

 

Aquellas palabras le causaron un escalofrió, notó como el bello se le erizaba y los labios se le entreabrían. Ese hombre era irresistible y ella no era de piedra. En ese instante, no pensó si no que actuó. Llevó  la mano que le quedaba libre a su cara notando el tacto de la barba que empezaba a nacer y, dudando por un instante, le beso en la mejilla. Después se bajo del coche y huyó hacía la farmacia sin mirar atrás. Ella sabía que quería sus labios pero no había encontrado el valor para darle un beso.

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