Capítulo 8: Preparando la boda

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Desde aquel encuentro empecé a jugar mis cartas. Necesitaba verla, así que aproveché su supuesta boda para propiciar una amistad con mi prima. Las dos se casaban en menos de un año y como era normal tenían que concretar miles de detalles otorgándome la oportunidad perfecta para poder conquistarla.

El primer día que las sufrí casi me vuelvo loco, no tenía ni idea de que existían tantos tipos de mantelería y, menos aún que todas pudieran tener tantas pegas ¿No bastaban con que fueran blancos? Pues por lo visto no…

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Observé que lo que para mi prima era motivo de dicha y alegría a Gala le pesaba como una losa. Se la veía agobiada, nerviosa y poco paciente. Opinaba obligada y se mostraba ausente. No cabía duda que no quería planear su boda. A media tarde, cuando llegó el futuro marido de mi prima, nos contó que habían abierto una nueva cafetería en el centro, así que decidimos ir a merendar y a dar un paseo para despejarnos. Salimos de casa acompañados por mi tía para que nadie pudiera hablar mal de las chicas. Caminamos por las calles de Madrid con tranquilidad, compartiendo una charla distendida hasta llegar a nuestro destino.

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Una vez llegamos al local ellas quedaron maravilladas con la decoración, según comentaron se trataba de un estilo francés muy moderno y empezaron de nuevo a hablar sobre manteles. Miré la cara de resignación del novio de mi prima sintiendo compasión por él.

−Llevan así toda la tarde.

−¿En serio? Pero, ¿no basta con que sean blancos?−preguntó agobiado.

−Parece ser que no, aquí importa hasta el número de hilos que tengan−le contesté con una sonrisa.

Mientras ellas seguían, nos enfrascamos en una conversación sobre política. Eran tiempos difíciles para el reino y el gobierno del General Dámaso Berenguer que empezaba a tambalearse con demasiada fuerza. Se rumoreaba que en un intento de normalizar la constitucionalidad del reinado de Alfonso XII, después de la dictadura de Primo de Rivera, se iban a celebrar unas elecciones en las que la izquierda más radical resonaba con fuerza. Desde luego aquella situación, tanto para mí como para mis negocios, comenzaba a resultar preocupante.

Después de la merienda, decidimos seguir con el paseo aprovechando que mi tía se tenía que marchar a resolver unos asuntos. Solo esperaba que no tuviera nada que ver con los manteles pero ella era así, se tenía que salir con la suya.

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Durante un rato, caminé al lado de Gala soportando sus miradas asesinas y el castigo de su silencio. Había estado evitándome con educación toda la tarde, cualquiera hubiera dicho que estaba cohibida o que era muy tímida. Pero yo sabía que no, la conocía lo suficiente como para saber que estaba enfadada.

−¿Me vas a decir por qué me estas matando con esos preciosos ojos?−me lancé a preguntar.

−Tú sabrás−contestó cortante.

−¡Vaya! Me alegra ver que me vuelves a tutear−respondí con una calma fingida.

−No seas estúpido, Luis.

Estaba muy enfadada. Le miré a los ojos y vi un brillo de ira que, aun a riesgo de parecer un loco, me encantó. Aquello quería decir que le importaba, que sentía algo y aunque fuera odio era un buen principio. Me sostuvo la mirada con el orgullo de una reina. Ella estaba preciosa y yo enamorado como un imbécil.

−Venga, Gala, no puede ser tan malo ¿Qué es lo que he hecho? ¿He matado a alguien?

−¿Leíste mi nota?

−Sí−afirme con paciencia.

−¿Por qué no le has hecho caso? –preguntó desesperada.

−¿Quieres la verdad?

−Ya sabes que sí−contestó ella indignada.

−Pues porque sencillamente no puedo−solté con tranquilidad.

Noté como sus pasos se congelaron a mi lado, al mirarle vi sus ojos llenos de lágrimas. Por un acto reflejo limpie una que solitaria bajaba por su mejilla.

−Gala, tenemos que hablar.

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