Capítulo 7: Buscando una razón

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Al principio pensé que se trataba de una broma, divertido levante la vista del papel, ella tenía un sentido del humor muy peculiar, la busqué con la mirada esperando verla escondida detrás de alguno de los árboles de los que había a mi alrededor. Pero no la encontré.

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Sin saber muy bien lo que estaba pasando volví a leer la nota que acababa de entregarme el chófer. Entonces caí que no era una broma, se estaba despidiendo de mí. Pero, ¿por qué?

Me senté en el banco que tenía al lado y examiné con detenimiento aquel trozo de papel. Mirándolo atentamente intenté buscar en el las respuestas que me hacían falta. En vista de no encontrar lo que quería rebusqué en mi memoria buscando algún momento en el que la pudiera haber ofendido pero tampoco lo encontré. Frustrado arrugué y tiré la nota al suelo. Necesitaba una explicación y, desde luego, que ella la iba a dármela. Antes de levantarme del banco observé la bola de papel en el suelo. Al fin y al cabo, de momento, era lo único que me quedaba de ella así que la recogí guardándola en el bolsillo.

Caminé hasta su casa con prisa, en mi cabeza no paraba de buscar explicaciones, así que no me importó lo lejos que estuviera. Pensé mil y una opciones, quizás su tío se había enterado, tal vez le había prohibido que nos viéramos pero lo que nunca imaginé fue lo que vieron mis ojos al llegar a su portal.

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Allí estaba ella, del brazo de otro hombre, para ser sinceros, bastante más mayor que yo. Tenía el pelo grisáceo y, aunque su estatura era bastante corta, guardaba esa elegancia propia de los hombres de mundo. Observé a la reina de mis pensamientos colgada de su brazo, estaba preciosa, aunque un poco apagada. Sus labios mostraban una nerviosa sonrisa, diminuta y muy forzada. Los hombros tensos y la espalda envarada me acabaron de confirmar su incomodidad. No pude evitar comparar aquella situación con uno de nuestros paseos, ella solía agarrarse de mi brazo mientras me hablaba. Yo la observaba desde mi altura, con paciencia hasta que nuestros ojos chocaban y ella me regalaba una sonrisa amplia y franca. Muy diferente a lo que estaba mostrando a aquel galán de segunda.

En aquel momento no me paré a pensar, me coloqué bien el sombrero como un matador en plena faena y entre sin dudar al ruedo. Me crucé en su camino provocando que aquel tipo se chocara conmigo. Mientras me disculpaba pude ver como Gala empalidecía al reconocerme.

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-Señorita Ruiz del Valle, disculpe mi torpeza, ¿se hizo daño?-señale dejando ver que nos conocíamos.

-Desde luego que podría andar usted con más cuidado-protestó el energúmeno con el que había chocado- ¿Conoces a este tipo?

Lo miré directamente a los ojos, ¿quién se creía que era? Antes de que pudiera contestarle, Gala, intervino en aquella situación.

-Este Señor, es Luis Miguel Alarcón. Un buen amigo de mi familia-puntualizó ofreciéndome su mano.

A modo de saludo, le bese la mano. Aquel tipo de protocolo estaba un poco anticuado pero yo disfrute como un niño del momento. Noté como aquel hombre me lanzaba una mirada asesina e incluso me pareció que cuadraba su espalda. Por ello intuí que aquel debía de ser su prometido cosa que la presentación que vino a continuación confirmó.

-Señor Alarcón. Él es Andrés Capdevila, mi prometido.

Por primera vez en mi vida tuve que hacer el esfuerzo de ser educado con alguien. El muy zopenco me ofreció la mano a desgana, sabía que después de aquel encontronazo lo menos que quería hacer era amigos. No obstante, lo que él desconocía es que yo solo tenía ganas de partirle la cara por coger del brazo a Gala. Pero, como os cuento, saqué toda mi diplomacia y le di un fuerte apretón de manos mirándole a los ojos. Nos sostuvimos la mirada el tiempo suficiente para saber que aquel hombre no era ningún cobarde, después esbocé una cínica sonrisa.

-Encantado, Señor Capdevila. Disculpe que le haya arroyado-le dije intentado ocultar mi ironía.

-Lo mismo digo, Señor Alarcón. Espero que sea la última vez.

Sus palabras fueron toda una advertencia, sin duda, se trataba de un hombre territorial. Quizás creyó ver en mí una amenaza, desde luego, no se equivocaba en ello. El juego acababa de empezar, aquel hombre, sin proponérselo, lo había iniciado y yo me jugaba demasiado como para perder la partida.

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