Capítulo 3: Mi primer plantón en sociedad

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Nunca pensé que un ser tan delicado podría tener un derechazo tan potente. Aquella misma tarde después de nuestro último encuentro, el camarero se presentó en mi oficina para contarme lo que había averiguado. Puedo dar fe de que el chismorreo en Madrid funciona a la perfección, ya que al pobre hombre le faltó decirme hasta la talla de zapato que calzaba la muchacha. Para mi sorpresa resultó que se trataba de la sobrina de unos buenos amigos de mi familia los Ruiz del Valle a la que yo no conocía porque desde que mis padres fallecieron no había vuelto a presentarme en ningún acto social.

fiesta

Resuelto a enmendar el enorme error de no conocerla llamé a mi tía Belinda, la hermana de mi madre, quien sin dudarlo me ayudaría sin poner ningún tipo de pega. No conocía una persona a la que le gustara más los eventos sociales que a ella, tanto asistir como organizarlos. Cualquier fiesta en su casa se convertía en el mejor y más cotizado acto social de la temporada para desgracia de mi tío que era quien pagaba sus fiestas. Hacía demasiado tiempo que no sabía nada de ella, no es que la quisiera apartar de mi vida, pero se parecía tanto a mi madre que me dolía incluso oírle hablar.

telefonista

Con nostalgia le pedí a la telefonista que me comunicara con la residencia de mis tíos y esperé pacientemente escuchar su voz. Después de las preguntas de cortesía le conté lo que me había dado cuenta de lo mucho que me había aislado y que empezaba a pensar que ya era hora de volver a la vida social. Su alegría ante aquella noticia se tradujo en una invitación para comer al día siguiente de la que no me pude escapar, ya que a la hora acordada, mi buena tía estaba como un clavo en la puerta de mi oficina dispuesta a arrastrarme al restaurante si era necesario. Mientras comíamos me confesó que estaba dispuesta a darme un azote en el caso de que intentara anular la cita. Divertido por aquella confesión, la que me hizo sentir como si tuviera cinco años, me decidí a contarle el motivo que me había llevado a llamarla. Le hablé de lo preciosa que me parecía aquella chica y de la forma en que me miraba. Ella me prometió que me ayudaría a conocerla.

Y vaya que lo cumplió, dos semanas más tarde, con motivo del compromiso de mi prima me presentó formalmente a Gala Ruiz del Valle Gomar. Ella estaba radiante con un vestido color rosa palo que realzaba su estrecha cintura, llevaba el pelo recogido en un sencillo moño y un precioso collar de perlas en el cuello. La sencillez de su atuendo, cuyo único adorno era un ramo de rosas negras y rosas en el pecho, junto con la elegancia que lo llevaba hacía que todos los invitados las tuvieran en el punto de mira. Las mujeres cuchicheaban envidiosas y los hombres en cambio con lujuria. Sin duda, era una belleza singular.

años 40 fiesta

Después de la presentación, mi tía propicio que mantuviéramos una conversación junto a mi prima y su prometido para que nos conociéramos. En ella las chicas comenzaron a hablar amigablemente acerca de los preparativos de la boda. Mientras su prometido y yo conversamos acerca de política, economía y lo revuelta que estaban las cosas tanto en nuestro país como en el resto del mundo. Cuando llegó el turno de dar un paseo, mi bella acompañante enmudeció. Por más temas de conversación que le sacaba ella solo contestaba con silencio hasta que cansado de hablarle a los rosales decidí tomarle la mano. Aunque al principio tensa, dejo que siguiéramos paseando en silencio y juraría que pude ver una pequeña sonrisa en sus labios. O eso creí, así que me lance a robarle un beso. Antes de que mis labios rozaran los suyos mi linda niña me soltó un sonoro guantazo y mirándome a los ojos solo dijo:

-Eres un descarado.

Entonces sin más palabra se marchó, dejándome más plantado que los rosales de mi tía. Aquella muchacha era todo un carácter; había dejado plantado nada más y nada menos que a Luis Miguel Alarcón Miranda. Estaba seguro de que me iba a dar más de un dolor de cabeza pero sin duda me encantaba.

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