Capítulo 2: Volverla a ver

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Empezaba a pensar que el tres era un número maldito para mí. Todo lo que me acontecía en ese momento iba ligado a esa cifra, la misma que hasta entonces creí que me traía buena fortuna.
Tres eran los problemas que ocupaban mi mente. El primero de ellos era el hundimiento de los precios en el mercado internacional, el segundo la fortuna que estaba perdiendo a causa de este desplome y el tercero, no por ello menos importante, que no la encontraba por ningún lado. Pensando en ella miré mi reloj de bolsillo con la esperanza de que marcara cerca del mediodía. Más o menos a esa hora nos encontramos por primera vez, desde entonces volvía todas las mañanas a aquella cafetería con la confianza de volverla a ver.

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Casi sin darme cuenta, me marqué una rutina, cada mañana antes de que el reloj marcara la hora salía de mi despacho dirección a la plaza mayor, donde me sentaba en una mesa a tomar un café que acompañaba con algunos cigarrillos. Luego cansado de ver espejismos, ya que ninguna de las muchachas que veía era ella, volvía a mi despacho sin ánimo para comer.
Aquella mañana no iba a ser una excepción por lo que a las once menos cinco inicié mi recorrido con la fe de volverla ver. Sin embargo, una vez acomodado en la mesa, que solía frecuentar desde hacía más o menos tres semanas, no pude evitar pensar que mi suerte comenzaba a ser tan negra como el café que estaba removiendo.
Entonces apareció se sentó con su amiga, la misma que me pidió fuego cuando nos encontramos, conversando tranquilamente. Eclipsado por su presencia reparé en todos los detalles que contenía su figura. Me deleité en los reflejos que el sol posaba en las ondas de su pelo, en el rubor de sus mejillas y en el delicado color de sus labios, mucho más acorde con su edad. Se la veía relajada y fresca, regalando sonrisas a su compañera mientras conversaban.
Seducido por aquel ángel, sentí la necesidad de presentarme ante ella para preguntar todo lo que en aquellos días me había planteado pero entonces sus ojos se toparon con los míos. Su mirada se tornó fría y dura haciendo aparecer aquella mueca de disgusto que tanto me chocó la primera vez que la vi.

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Sin duda, mi presencia le molestaba pero a mí su despreció me hacía querer saber más. Llamé al camarero y le pedí, previo pago de una buena propina, que averiguara todo lo que pudiera sobre aquella preciosa mujer. Inmediatamente le pagué el café que había tomado y marché de vuelta al despacho complacido por haberla vuelto a ver. Estaba claro que esto era un reto y, por supuesto, tenía que intentarlo.

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