Capítulo 11: Viaje a Barcelona

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Al llegar a Barcelona parecía que en vez de venir en coche me había pasado por encima. Hacía doce horas que habíamos salido de Madrid en las que mi chófer y yo habíamos ido turnandonos para no perder tiempo. Eran las ocho de la mañana cuando cruzamos la ciudad camino a la casa que mis padres tenían en el Barrio de l´Eixample.

Me gustó recorrer sus calles, siempre llenas de gente, que a pesar de la hora, iban y venían dándole aquel aire especial que la caracterizaba.

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Conocía bien aquella urbe, había pasado verano tras verano en sus calles desde mi más tierna infancia. Mis padres me mandaban aquellos interminables meses con mis abuelos paternos. Como era el único nieto que tenían, mi abuelo, un militar retirado y algo cascarrabias, solía instruirme en el valor y la necesidad de servicio a la patria. Mientras que mi abuela, que era un ángel, solía consentirme en todo aquello que quería. Desde que ella falleciera no había vuelto a pisar aquella casa, aunque al llegar me alegré de que mi padre hubiera mantenido al servicio.

Con curiosidad observé la fachada desde el exterior. Se podía ver que la propiedad estaba cuidada, seguía todo igual. Al tocar a la puerta me dio la sensación de que sería mi abuela quién la abriera pero no ella ya no estaba. «Ni mis padres tampoco» pensé mientras me abrían.

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-Buenos días señor, ¿puedo ayudarle?-preguntó amablemente un mayordomo al otro lado.

Lo miré un instante, su rostro me sonaba vagamente familiar, pero no sabía quién era y lo mismo le había pasado a él. No le podía culpar, hacia más de diez años que no pisaba aquella propiedad y sin duda había cambiado mucho en aquellos últimos años. Antes de que pudiera presentarme, una mujer de unos sesenta años asomó la cabeza por detrás de la puerta.

-¡Dios mío, si es el señorito Luis!-exclamó-Pero, ¿Qué hace en la puerta? Ximo por favor. que es el amo.

Al escuchar las palabras de Doña Montse el muchacho abrió exageradamente los ojos. De un respingo me arrebató la maleta de las manos mientras comenzaba efusivamente a disculparse.

-Doña Montse, que alegría volverla a ver-saludé mientras abrazaba a la ama de llaves de mi abuela.

-¡Ay, señorito! Qué alegría más grande verle, sentí tanto lo de sus padres-sollozó abrazándome más fuerte-Enseguida preparo su habitación. Pero, ¿por qué no avisó de que venía? ¿Ha comido usted algo? No, claro que no, hay cosas que cambian bien poco. Venga, tengo un bizcocho recién hecho.

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Sin soltarme del brazo me dirigió a la cocina, la casa seguía exactamente igual a como la recordaba. Tal vez la veía un poco más pequeña pero supongo que era normal. Doña Montse aunque había envejecido seguía manteniendo la misma vitalidad, nos preparó el desayuno para mí y mi chófer mientras nos interrogaba sobre nuestro viaje. No me sorprendió que me riñera por no haber esperado a que se hiciera de día en Madrid para emprender mi viaje. Aquella mujer al fin y al cabo, me había cuidado durante los veranos que pasé junto a mis abuelos y me quería.

Después de llenar la barriga, decidí descansar el resto de la mañana, quería averiguar todo acerca de la familia de Gala pero siendo sincero no sabía por dónde empezar. No estaba seguro de que mis amigos de la infancia siguieran en la ciudad y tampoco sabía cómo podría obtener su ayuda sin levantar sospechas.

Aquella misma tarde, después de un sueño reparador, decidí preguntarle a Doña Montse. Estaba seguro que ella estaría al tanto de que había sido de las amistades de mi familia. No tardó en ponerme al día de la situación de los mismos. Por lo visto, la sociedad barcelonesa era de lo más entretenida, y a su servicio no le faltaba de que hablar. Animado por sus ganas de hablar decidí contarle que había conocido a Gala.

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-Sabe Doña Montse, no penaba yo que la vida social en esta ciudad fuera tan agitada.

-¿Ah, no?-preguntó curiosa-¿Qué dicen los de la capital de nosotros? Capaces son de tenernos pasturando en el campo. No se ofenda, señorito, pero es que en los madriles hay muy mala gente.

-No dicen nada malo, Doña Montse-aclaré divertido-.Solo es que conocí a una muchacha de aquí y me pareció bastante poca cosa.

-¡No me diga! ¿Y quién es?-preguntó con acento marcado.

Aunque conmigo hablara en castellano, el cual dominaba perfectamente, no se podía negar que en su entorno usaba su idioma, el catalán. Al escucharla no pude evitar que se me escapara una sonrisa, aquella mujer no tenía remedio, era una chismosa.

-Se llama Gala Ruiz del Valle. ¿Te suena de algo?

-¡No me digas! Pobra dona, té motius. (Pobre mujer, tiene motivos)-me contestó mientras me servía la cena.

Después de esa contestación no conseguí que me contara el porqué de su comentario. Se limitó a ponerme al día sobre todas las cosas que había que arreglar de la casa, que sin duda eran más de las que pensaba en su momento. Por lo visto mi ama de llaves sabía algo sobre Gala, ahora solo faltaba que conseguir que me lo contara.

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