Capítulo 1: Amor por promesa

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La primera vez que la vi supe que me enamoraría de ella. Volvía del despacho cuando la encontré sentada en una de las terrazas de la plaza mayor. En realidad, si no llega ser porque una de sus amigas me pidió fuego seguramente no hubiera reparado en aquel grupo tan pintoresco pero, gracias a dios, no pasaron desapercibidas.

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Lo primero que me llamó la atención de ella fue el color de sus labios que, aunque consciente de que era maquillaje, me resultaron un tanto extravagantes para su edad. Las jovencitas de su condición solían maquillarse en tonos suaves como el rosa claro o el frambuesa. Sin embargo, ella lucía unos labios de color rojo intenso que daban a su boca la forma de un corazón. A simple vista, se veía que era una mujer de carácter, de esas que no les tiembla voz al hablar, aunque también se le veía refinada y culta. En definitiva reunía todo lo que una mujer moderna podía representar en aquella época. Después de bromear con las chicas un rato, aprecié que de sus labios no se desprendía ni una mísera sonrisa,  más bien todo lo contrario, permanecían serios  un poco fruncidos demostrando lo molesta que le era mi presencia. Desconcertado por aquella desconsideración decidí seguir mi camino.

escaparate

Al alejarme escuché como sus amigas la reprendían por su actitud y también como ella les contestó que yo no era más que un muerto de hambre. Aquello descripción fue lo que más me dolió de todo nuestro encuentro. ¿De verdad así me veían? ¿Qué clase de imagen estaba dando? Me acerqué a un escaparate y admire sorprendido mi reflejo, llevaba el pelo más largo de lo que se podía aceptar y mi traje tenía tantas arrugas que delataban que hacía demasiado que lo llevaba puesto. ¿Cómo había llegado a ese extremo? ¿Cuánto hacía que había perdido la compostura? No me extraña haber asqueado a tan fina belleza. Llevaba tiempo preocupado por mis negocios, los cuales no marchaban como debían, pero eso no impedía para que me cuidara un poco.

casa

Escandalizado por mi aspecto llegué a mi casa donde le pedí al mayordomo que dispusiera todo para arreglar mi imagen ya que de aquella guisa no se podía conquistar a una dama. Dicho sea de paso que nunca me había interesado ninguna mujer en especial, pero aquella con su desprecio hizo que mi interés por demostrarle lo equivocada que estaba se abriera camino en mi mente dejando en un segundo plano los problemas que la ocupaban. Mientras tomaba el baño no dejé de recordar con detalle su imagen. Me detuve en contar los tirabuzones de pelo que se le escapan del recogido, y como no podía ser de otra forma, no pude recordar el número exacto. Del mismo modo repare en la piel de su rosto que aunque polvoreada en un tono marfil se sonrosaba sobre las mejillas. Atónito por lo bien que la recordaba llegué a la conclusión de que eso solo podía ser porque la quería por lo que me decidí a conquistarla. No tenía ni idea de quién era o si estaba prometida, ya que por la edad que intuía que podían tener aquellas chicas dude mucho que estuviera casada, pero si algo tenía claro es que lo iba a averiguar. Y sin ninguna duda,  me prometí que la conquistaría.

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